Ahora te vamos a llamar hermano…

La incertidumbre descongelada, una visión del cine perdido en el tiempo.

Raúl Ruiz parece hoy en día una figura atrapada en el ayer y proyectada en el mañana. No solo es probablemente la figura más importante del cine en Chile, sino también una de sus figuras más místicas que lo sitúa con más de cien proyectos de su autoría con un pincel tanto reconocible como complejo. El mismo Ruiz se arriesga al proponer el séptimo arte como una poética audiovisual como lo ha discutido en diversas conferencias a lo largo del mundo.

Así, Ahora te vamos a llamar hermano (1971) funciona como una especie de diálogo documental de dos realidades que por primera vez se cruzaban en un Chile dubitativo y surrealista. Por un lado, los comuneros mapuche evidenciaban el peso de la colonización y los constantes pisoteos de las autoridades de turno y por otro, Allende (durante la UP) proponía reconocer los derechos de estos, hacerlos visibles lo que constituiría el puntapié inicial de una recuperación histórica de sus tierras, pero al igual que el sueño socialista de la UP, este proceso se vería truncado por los avatares históricos de 1973

Lo paradójico es la ironía con la que Ruiz filma un retrato que sólo un par de años después se vería congelado en el tiempo, al igual que la carrera del cineasta por su exilio en Francia.

La mística y el enfoque subjetivo se acrecienta en la mirada de Ruiz al situar la cámara frente a los comuneros, filmando sus cantos hacia una “hermandad” que ofrecía el oficialismo con parámetros burgueses. Ruiz entiende la ironía y las paradojas de este relato de un Chile agitado pre-apocalíptico, contraponiendo las dos visiones, sin dejar de entender el llamado de dignidad de Allende y la esperanza de un pueblo en recuperar lo saqueado por la clase explotadora. De esta manera el seguimiento sigiloso de la cámara por las expresiones de manos y miradas, el tono de voz desgastado y carrasposo de los comuneros suele contrarrestar con la energía vigorosa, ingenua y decidida de Allende. Es imposible no sentir el peso del tiempo al ver la escena después de 50 años. Ruiz hace íntimo y paradójico lo que para sus contemporáneos sería exclusivamente un registro histórico.

El espíritu de la cinta podría haber contagiado a Ruiz en su cine posterior, pero decide tomar un camino mucho más arriesgado y artístico, ya que su visión entiende que la revolución se construye en el cine de forma implícita mostrando nuevas formas de entender el lenguaje cinematográfico más allá de construir obras partidistas, entendiendo que desarrollar cine políticamente no es lo mismo que construir un cine político.

La carrera del cineasta tomaría otros rumbos en los próximos años durante su exilio, exprimiendo la ironía en el bullado Falso Documental Diálogos de Exiliados (1973) en Francia que alertó el cinismo y absurdo de muchos burgueses (y otros no tanto) de izquierda planeando una huelga de Hambre a miles de kilómetros de los horrores de dictadura.

Sin más preámbulos y dejándolos con la obra restaurada irónicamente en la lejana Bolonia (bienvenida la ironía digna de Ruiz), es necesario enfatizar en cómo ahora te vamos a llamar hermano cobra valor en el tiempo, entendiendo que la visión de ese Chile tensionado por la incertidumbre de los cambios estructurales que el pueblo exigía estuvo aún congelada hasta hace pocos meses con el llamado masivo a recuperar esa dignidad perdida, pero esta vez sin partidos, ni lideres.


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