Aproximaciones a la liquidez del ser ciudadano

Cuando el futuro deja de ser prometedor

Octubre puede ser entendido como un estallido, una revuelta o un simple accidente en la existencia contemporánea del territorio dominado por el estado chileno. Durante el primer fin de semana la prensa intentó hacer de la violencia un mero espectáculo, desligándolo de aquella sensibilidad de la cual emergió. Las primeras protestas no traían un eslogan por el cual luchar, como si el desgarro vivido por años fuese puesto en común y agenciado como una nueva forma de entender la política, donde las vertientes clásicas y modernas de solución no tuvieron cabida y la ciudadanía derribó todo aquello que la constituía como tal. Un espacio donde el futuro dejó de ser prometedor, donde el conflicto volvió indiscernible a los cuerpos y la miseria se volvió un irreductible que no podía sino autoafirmarse y convertirse en una plaga puesta en común. Aquel lugar donde la propia existencia es puesta en juego y no existen parches que curen sus heridas.

Para Foucault las revueltas guardaban un secreto. Si el Leviatán se hacía el monopolio de la violencia, enfrentarlo sería una clara derrota. Incluso la democracia representativa, tan defendida hasta hoy en día, insiste en poner en el juego de las urnas aquella desigualdad que nos constituye, partida que se puede ganar o perder. Romper esos dos principios, el monopolio y el acuerdo, significa vaciar de sentido aquella gubernamentalizad que justifica a occidente. Aun así, pareciese que existen desgarros que no pueden sanarse, donde rompemos con el curso de la historia que nos exigía cumplir estos dos principios civilizadores. En esos instantes, lo común no nace como una identificación de nacionalidad o territorio, sino como un sufrimiento irrepresentable en el que la miseria y el dolor se vuelven intransables. Cuando el cuerpo deja de escuchar al orden político que le dio ese nombre y nuestra existencia es un cristal que robamos con nuestras manos, la política habita en el momento en que un grupo decide no obedecer más.

ESTALLAR EN EL ABISMO

Durante los primeros días no existían cánticos claros. Las barricadas humanas defendían grandes fogatas del chorro del guanaco. Piñera sentado con sus oficiales declaraba la guerra. Amanecieron cuerpos calcinados. Ese fin de semana no supo de acuerdos ni de negociaciones, mucho menos de petitorios. Lo extraño era el cómo se gestaba una comunidad desde el enfrentamiento mismo. Ahí donde lxs mismxs ciudadanxs de la cuna del neoliberalismo ponían en juego sus propias vidas por un fin desconocido, puesto tan en común que no era permitido tranzar con su negación. La represión tuvo que distribuirse por gran parte del país, porque ya no eran las típicas zonas de conflicto donde se anunciaban incendios y saqueos. La metrópolis santiaguina dejó de entenderse desde sus centros y en las periferias, tan olvidadas a la hora de resignificar plazas y avenidas, pareciese que hubo un habitar en esos lugares a los que solamente llegamos a dormir.

¿Qué es lo que desaparece durante el uso de la violencia contra las fuerzas de represión? Para Giorgio Agamben la ciudadanía es representada por dos órdenes: uno policial que asegura su obediencia y otro biológico que protege su vida, siendo un dispositivo óptico de los deberes y cuidados que se deben con sus soberanos. Paradojalmente, los mismos ciudadanos que exigen mayor protección y acceso a la salud se expusieron a su propia aniquilación. En el enfrentamiento la ciudadanía destruye el sentido que se da a sí misma, porque al exponer la vida lo que se pierde es cómo la entendíamos, la docilidad en que se nos adiestró a significarla. Durante aquel instante el cuerpo y su existencia como tal se desnudan a lo que siempre intentaron huir: el peligro. Los muros del orden biologicista y policial se derriten ante un sentido del cual no forman parte. Lo que estaba en juego no era un futuro prometedor, sino una forma otra de entender la existencia. La historia se representa a sí misma como un avanzar teleológico a un buen vivir, pero octubre nos recordó que las verdades no existen y el futuro es el movimiento afirmativo del presente. Perder el sentido de la ciudadanía, su pasividad y nulo conocimiento de su potencia, destruye las baldosas del piso, en las que se justificaba lo que entendíamos por vivir.

Cabe precisar otra paradoja: el conflicto, su afirmación de poner la vida en juego, y su desnudez ante la muerte no pueden sino hacer de la finitud, donde la esperanza deja de esperar, una apertura a la posibilidad. La exposición a la muerte agudiza el deseo por otras formas de vida.

LO SENSIBLE COMO IRREDUCTIBLE

Donde no hubo conflicto hay unicidad, una cultura, una concepción del mundo o un solo movimiento afirmativo en unas solas manos. Vaciar el sentido del Estado es una explosión de esas otras formas, tan otras que no se permiten sucumbir en su eterna agonía. Si lo que conocemos en todas las expresiones de la existencia es la civilización occidental, es porque ésta existe como un estado permanente de guerra contra aquello que rechaza su moral. Esos primeros días arrancaron al Estado de nuestras manos, porque por un par de días éste dejó de ejercer todo control y decisión en nosotrxs, tanto así que lo común se expresó como propio, irreductible y conflictivo. Lo único permitido fue sentir, aquello que el trabajo asalariado nos adormeció en sus rutinas.

Aquel fin de semana recordamos lo único que podremos asegurar de nuestras vidas: la muerte. Enfrentar a los dispositivos que ejercen el poder es asumir la posibilidad de morir, de recordar aquellas fábulas donde la vida no era tan inmune y en las que la esperanza dejaba de hacernos esperar, donde el mañana no contenía un final feliz. Relatos en los que la liberación solo existía al momento de su propia ejecución. Aquella negación de Antígona ante el poder que no podía sino vencerla, por lo que no podía sino rebelársele. Es el desgarro que se niega a ser un sentimiento sumiso. El sentir enfermo que no puede morir siguiendo el ritmo de su rutina. Las masas enardecidas crearon por un par de días un Santiago distinto, otra forma posible de habitar metrópolis, cuando ésta se afirma bajo su prohibición. Los primeros días del estallido son el reflejo que aun existen rincones donde el control no puede llegar. Si no existe un mañana asegurado, si el colapso medioambiental es irreversible y la tecnociencia acaba por redefinir el sentido, siempre estará en nuestras cabezas este fantasma. La imagen fantasmagórica de las comisarías ardiendo y lxs vecinxs discutiendo en las plazas que solo usaban para beber. Ante el avance desenfrenado del neoliberalismo y el humanismo capitalista, queda dejar el testimonio de que otro fin del mundo es posible.


(su) realidad fermentada Es un espacio que busca disputar la hegemonía cultural e informativa que deriva del capitalismo patriarcal colonialista.

Arriba