Diacronía de un malestar

Autoexplotación condición del sujeto neoliberal

imagen por @akahomero

El malestar como experiencia social ha sido la constante que se ha forjado diacrónicamente en una sociedad donde lo injusto y lo abusivo marcan la pauta de la vida cotidiana, donde los procesos de individuación subordinados a una racionalidad económica han configurado un sistema de sociabilidades debilitadas y que cercenadas de comunidad encuentran en la repetición de lo mismo el común denominador del malestar.

Subtexto del modelo

Chile se ha presentado ante la comunidad internacional como una excepción frente al contexto de inestabilidad económica y democrática en Latinoamérica, siendo vanagloriado como un sistema político y económico por sus propios gobernantes. Durante las últimas declaraciones a medios internacionales, el actual presidente se refiere a Chile como un Oasis en Latinoamérica, dando cuenta de una democracia estable y un sistema económico eficiente. No obstante, dicha carta de presentación no es más que una estrategia de marketing que desde hace décadas viene instalando al modelo chileno como un modelo a seguir, pero que oculta una realidad de carencias generalizadas que muy estratégicamente quedan debajo del relato de lo que se expone como lo verdadero y que excluye lo infinitesimal, lo particular de la sociedad que queda socavado bajo el uso hegemónico que se hace del discurso.

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De lo que no hemos escuchado jamás en los discursos de los gobernantes, es justamente de aquella parte no reconocible, decible pero no dicha por cuanto es un fuera de cuenta, un no considerado que queda fuera del orden instituido, o al menos del orden ideal promulgado en los discursos. Este no considerado es el sujeto individuado, pauperizado, que además de lidiar con el problema de permanecer al limite de la exclusión debe soportar una existencia que no lo vincula con los procesos reales de la vida social, puesto que la vida social queda estructurada en función y a partir de los ideales, de aquellos discursos que estructuran, muy desajustadamente a la experiencia, el orden social.

Esta configuración social, en la que los discursos y el orden estructurado que de estos se desprende no puede, sino que traer consigo la latencia de un conflicto, cuya tramitación requeriría de las más minuciosas estrategias que mediante el plano de lo político y de la consciencia se debía socavar. Por una parte, es en la consciencia donde debía operar dicha tramitación con el fin de que los individuos no alcancen identificación alguna con el conflicto, cuya emergencia desestabilizaría el principal recurso del orden ya instituido, la “falsa paz social”. Pues la eficiencia del modelo neoliberal, sin quejas, alcanzaría el estado pleno y el fin de la política, es decir, la idea ilusoria de que a nivel social todo está bien y sin contradicciones. En el orden instituido, y al no reconocerse contradicciones o perjuicios originados por el modelo, no existirían oídos que pudieran hacer la escucha de un malestar, que cualquier mecanismo de expresión quedaría fuera de la ley, del orden jerárquico que no pretende en lo más mínimo la integración si no es bajo las más estrictas normas ya establecidas.

Y en el plano de lo político, la política del consenso se transformó en la lógica operativa de la tramitación social, cuyo rol no es la resolución de conflictos, aparentemente inexistentes, sino que es el tecnificar las formas de hacer, el hacer de lo debido, es decir, la resolución procedimental de las problemáticas, cuyo origen desde esta perspectiva está en la falta de procedimientos y no como consecuencia del modelo y el orden instituido. Zizek llama postpolítica al remplazo del conflicto por la colaboración de tecnócratas ilustrados que, a través de la negociación de intereses de estos mismos tecnócratas llevadas a cabo mediante una lógica del consenso, se organizan las temáticas en lo social, mediante una política no política, una política sin conflicto a cargo de la administración de las cuestiones sociales. Es así que las problemáticas sociales no son comprendidas como consecuencias de contradicciones, sino que como falta o carencia en su administración.

En Chile, la lógica de los concesos se ha caracterizado por representar muy preferentemente los intereses de la clase política y económica, conformando un grupo cupular de la elite que ha cooptado el Estado y el ejercicio de la política, siendo el sistema de partidos y los reglamentos institucionales un aspecto performativo, mientras los grupos privilegiados se sirven del gobierno. Un ejemplo de esto son los casos de corrupción reciente, entre estos, en el que a Julio Ponce Lerou se le reduce una multa de 63 millones de dólares a sólo 3, caso en el que queda evidenciado el rol de la política, las instituciones del Estado y su silencio en cuanto la consumación de delitos económicos sin sanción para los ricos, cuya situación evidentemente de injusticia no queda más que en la discusión cotidiana, pareciendo ser temas donde no hay nada más que hacer. En una contra parte y como efecto comparativo, el gobierno busca sancionar incluso más severamente a aquellos trabajadores que accedieron sin cumplir la totalidad de los requisitos a una bonificación que no supera el sueldo promedio nacional. Con esto, queda evidenciado que los intereses superiores de la sociedad y sus individuos quedan marginados y secundarios a la mantención de un modelo que mediante la ley ha hecho que la elite mantenga el control político y económico.

El sujeto deseante

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Una nueva razón de mundo conformó una sociedad neoliberal, en la que los procesos de integración social se alcanzan exclusivamente mediante el consumo, remplazándose las nociones de bienestar a nociones de éxito y progreso como estatuto de libertad individual, que en última instancia se miden en términos monetarios. Sin duda la comprensión actual de estas nociones no es azarosa o exenta de pretensiones ideológicas, sino que se han gestado mediante los discursos hegemónicos, que para hacerse operativos deben estar incorporados a una serie de rasgos de la vida y la experiencia de los sujetos, haciendo de los anhelos auténticos una distorsión funcional. Es decir, haciendo de los deseos individuales un mecanismo de dominación.

De esta manera se consolida un individualismo que más que dividir a los individuos por su egoísmo, los divide por la responsabilidad que tiene cada uno frente a la lucha por alcanzar el éxito como fuente del deseo.

Es así que la lucha por el sorteo de la vida y el cumplimiento de los deseos, hace de los individuos capaces de soportar no sólo las inmensas desigualdades, sino que convivir con el trato preferente que mantienen los tecnócratas y la elite política y económica respecto de la sociedad en al que se inscriben. Resultando por lo tanto individuos desinteresados por los asuntos públicos, con sujetos privatizados y un individualismo que se transformó en la característica de la sociedad chilena.

Para Ranciere, la política significa la manifestación de lo propio de la comunidad, de lo propio que no está en el marco de la ley y el orden instituido. Por eso, bajo la lógica neoliberal, el sujeto debe ser apolítico, pues los individuos deben permanecer ensimismados en busca del progreso cuyo verdadero principio es la meritocracia o el esfuerzo individual que no los vincula con la realidad social. Es así que lo social termina siendo irrelevante a la hora de la lucha por el logro de los deseos, que en primera instancia son alcanzados mediante su adquisición en el mercado vía consumo.

Del deseo al rendimiento.

La responsabilidad personal del éxito y el cumplimiento de los deseos ha debilitado las sociabilidades de la vida cotidianas, pues se ha gestado una dinámica en la que la desigualdad como estructura social ha implicado la culpabilización de los individuos por su no integración, por la falta de mérito, inteligencia o esfuerzo que no ha sido suficiente para alcanzar el estándar del éxito, y de esta manera despolitizando y naturalizando las desigualdades que se han interiorizado culturalmente mediante los discursos que parecieran lógicos bajo los principios del modelo. Así, los esquemas de pensamientos y las dimensiones simbólicas de la experiencia asumen la forma de una exigencia, una exigencia autodeterminada por los propios individuos para no quedar fuera de la fila del progreso, cuya exclusión no implica sanción alguna más que el horror de no quedar inmerso en la experiencia del deleite que otros sí han logrado disfrutar, o caer en abismo del atraso y la exclusión social.

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Es así que el individuo neoliberal se relaciona socialmente desligado de su otro, cercenado de comunidad, motivado principalmente por sentimientos de éxito y objetivos propios, debilitado de la vida social y política. Desde aquí la pobreza y la exclusión ya no tiene relación a procesos económicos, sino que a malos comportamientos individuales entre los empresarios de sí mismo.

En este sentido, esto se transforma en un problema que en lo psicológico implica necesariamente la conformación de subjetividades que configuran prototipos individuales a fines y útiles para la reproducción del sistema social y político, pues la autoexploración se configura como la principal característica del sujeto del neoliberalismo.

La resaca del éxtasis.

La sociedad de consumo estimula la convicción de que adquirir y poseer objetos otorga plenitud al saturar ilusoriamente lo imposible del deseo humano. La satisfacción inmediata y a contra tiempo no da lugar para la frustración, pues el fracaso pareciera ser la posibilidad más temible. Sobre esto, los valores y marcos normativos que marcan el conglomerado de sentidos de la sociedad chilena dan cuenta de un claro desajuste, pues la existencia material no se relaciona con la expectativas que se tiene de los individuos, porque cuando se emplaza al individuo a incorporar cierto marco de relaciones, a asumir ciertos valores y a ser correspondido con una estructura social de sujetos fuertemente responsabilizados de su destino personal, nos encontramos con la carencia, con la falsedad de las oportunidades basadas en el mérito, con individuos inmersos en una estructura social con inmensas desigualdades cuya caracteristica principal es la violencia estructural, estando entonces ante una subjetividad desajustada a sus propias condiciones.

En este sentido, pareciera ser que los rendimientos sociales en función del cumplimiento de los deseos individuales están mas relacionados con un proceso de seducción-frustración-dolor, gestando luego del deseo, la experiencia cotidiana de la frustración frente a la imposibilidad estructural de la real integración o el disfrute del éxito. A lo que se suma un profundo descontento que se ha ido elaborando tras el cúmulo de situaciones de abuso e injusticia, cuyo origen está en los gobiernos y en su esmero por permanecer inmersos en la lógica del modelo neoliberal, en el cual ya no se puede ocultar el trato preferente hacia la elite económica y la desatención por problemáticas reales de las vidas de los sujetos.

Por lo tanto, el estallido social del 18 de octubre de 2019 viene a ser el acontecimiento en el que el malestar de sujetos que permanecían individuados encontraron en la repetición de lo mismo el común denominador del dolor que aislados tuvieron que soportar, y que dispuestos a romper el orden instituido, no sólo a lo que respecta a las leyes sino que también a las consciencias, alcanzaron los vínculos más apasionados que se unieron contra aquello que los tenía divididos y cegados frente a la violencia estructural, el deseo ilusorio del progreso.

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Bibliografía

Azocar, A. M. (2011). Politización del malestar, movilización social y transformación ideologica: el caso de Chile 2011. Polis, Revista Latinoamericana.

Rancière, J. (2006). Política, policía, democracia. . Chile: LOM.

Zizek, S. (2001). El espinoso sujeto. Argentina: Paidos.

Martuccelli, K. A. (2012). Desafios comunes, retrato de la sociedad chilena y sus individuos (Vol. 1). Santiago., Chile: LOM.

Patrick Retamal Inostroza

Patrick.retamal@uacademia.cl

(su) realidad fermentada Es un espacio que busca disputar la hegemonía cultural e informativa que deriva del capitalismo patriarcal colonialista.

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