Rituales de reciprocidad

El encuentro de un pueblo desinterés y entrega

Imagen por @la.nerak_ph

Ya van cuatro semanas del 18 O. El calor sofoca Santiago. – espero que el agua no esté tan picante- Llegamos más temprano que tarde a Bustamante. El parque y la calle burbujean en personas que ríen, cantan, bromean y sueñan (con lo imposible). La picante atracción nos lleva rápidamente hacia su ubicación. Sabemos que hacer nos alistamos para la acción. Ya son las 19:00 tenemos sed, hambre, pero no abatimiento – tomen agüita chiquillos – me dice una señora con casco de bicicleta extendiéndome un vaso deforme por el apretón del apuro. Como si fuera el agua del manantial más puro sacio mi sed y apago el ardor de mi garganta- Gracias- no sé si me escuchó-.

Mientras los días de verano desfilan hacia el pasado son cada vez más comunes las muestras de generosidad, afecto, sentido de pertenencia a algo, a un lugar, a una sensación, a un perrito metálico ¿no sé o tal vez son todas? No dejan de sorprenderme la diversidad de intercambios desinteresados que se producen en la nombrada zona cero; ollas comunes, hasta con ensalada para la primera línea y los manifestantes, brigadas de salud para los heridos, pan amasado, fruta, agua hasta helado nos han dado. La gente en la calle funcionando como una comunidad organizada que se fortalece a sí misma al cooperar en reciprocidad, la entrega desinteresada de alimentos, agua o salud a quien lo solicite y especialmente a ellos que cubren sus caras por que la capucha se volvió el rostro del que lucha. Algunos se apegan al tradicional negro, mientras que otrxs prefieren verde, fucsia, burdeo, rojo y con lentejuelas. Reina la sensación de que bajo cada capucha hay una hermana o hermane, un familiar vivo o muerto, un amige, unx mismx. Es el intercambio simbólico del pueblo, que construye vínculos y fortalece relaciones. Así pasaron los calurosos días del verano entre el descontento social, la muerte, la impunidad, la lenteja revolucionaria, la poratoda anticapitalista y el pan vegano.

Imagen por @la.nerak_ph

Llego marzo 2020 más esperado que otros años y con este mes también llegó la pandemia… un gran silencio, si un gran silencio, la incredulidad es la reacción de moda, murciélago de almuerzo, armas biológicas, China contra los ancianos del mundo y otras propuestas menos creíbles. Todos nos reímos, y seguimos riendo, los memes del corona nos sacan carcajadas, que gracia nos hace escuchar a Cardi B y su chirriante mensaje. Sin advertirlo los días se transformaron en semanas y como saben las semanas en meses y cada vez reímos menos. La falta de risas se transformó en mascarilla, encierro, cuarentena, los milicos en la calle estalló la pandemia. Ya no hay que ir a trabajar, porque ya no hay trabajo, votados a la calle los explotados, sin sueldo, sin seguridad, sin sueños. En menos de mes nos empobrecimos hasta el cuello, en menos de un mes los siempre pobres, ya no tenemos que comer.

Sin más preámbulo y en medio de la mayor crisis sanitaria de nuestra época la más indigna de las sensaciones se presentó aquella noche. El hambre como un nudo en la boca del estómago, acompañado por la súplica crepitante de las tripas por algo, un dulce, un pan con mantequilla, té con azúcar, una miga untada en aceite lo que sea. El hambre salió de la boca de unxs, para ser la voz de muchxs; y así se instaló el hambre en la capital ese 19 de mayo del 2020, la que estaba escondida hoy es pública y publicitada con trompetas, trombones y cajas se iluminó la torre con nuestro apellido de niño guacho, de pobre; volvemos a ser Pablo Hambre, Andrea Hambre, José Hambre, Claudia hambre. De delincuentes a hambrientos la clase proletaria nuevamente en la línea de fuego, con el pecho descubierto recibe las balas de la indolencia. El genocidio de los pobres se llama Pandemia.

Imagen por @la.nerak_ph

A días que el grito de hambre corriera por las venas de los nadie, salieron vestidos de astronautas preparados contra el COVID a enfrentarse contra el hambre. Porque somos de esa clase de la clase que inundaba la plaza dignidad, que creen en una lucha colectiva, que le indigna la desigualdad, que de una forma u otra nos entregamos en sacrificio por la comunidad. La revuelta ha dejado huellas que son vínculos, son asambleas de harina y marraqueta, son acuerdos en la periferia. Hermandad de apatriados, los parias pelando el ajo, los abuelos esperando el caldo. Desde las esquinas las vecinas con miradas desconfiadas entre las cortinas.

Ahí en las distintas comunas donde hay menos bienes, pero sin duda más relaciones. Se comparte lo poco, porque se vive con poco y nada, ahí entre las calles estrechas y las juntas de vecines, entre los curados que viven al lado de los juegos, la sede del club o en la casa de la esquina. Nuevamente la olla común lidera el combate de los olvidados, la olla como instrumento restaurador de humanidad. Cucharon a cucharon se alimenta el pueblo, el hervor de la injusticia calienta el caldo de la rebeldía que se mescla con el zapallo mólotv, haciendo de la olla común el terror del opresor.

Imagen por @la.nerak_ph

De ella quieren apropiarse, porque saben su poder, porque la olla común no empodera, más bien emancipa, fortalece a la comunidad. Promueve la empatía, y la reciprocidad, porque solo el pueblo ayuda al pueblo, porque así ha sido históricamente, y antes de la misma historia los pueblos originarios cooperaban mutuamente para fortalecer relaciones. También nos enseñan que la reciprocidad es un ritual que nos conecta los otres sean animales, plantas, el cielo y sus estrellas. Porque la olla común es muestra de reciprocidad ya que, remueve la esencia de los seres. Comer de una olla común cuando la necesidad sofoca las entrañas es un suspiro de aliento, un agradecimiento profundo, acompañado de una enorme tristeza.

Especialmente ahora, en este contexto, donde muchos hemos descubierto y otros descubrirán la fragilidad de sus vidas, porque somos pobres acredito, y por mucho tiempo lo hemos sido, por que la clase media es una ilusión, y su aparente libre acceso no es real. Porque venimos de familias pobres que han intercambiado la vida por dinero, porque nos han mentido diciéndonos que sufrir y romperse el lomo, es de luchadores, cuando más bien es de pobres. Y eso somos esa es nuestra clase, y hoy nos alimentamos a través de los esfuerzos comunitarios, a través de ollas revolucionarias y combatientes que desafían al estado. Pero no olvidemos quienes fuimos, fuimos los que nos tomamos la plaza dignidad dispuestos a todo para obtenerlo todo, pero antes de eso fuimos sumisos sumergidos en nuestro individualismo, sin mirar para el lado, convencidos por el capital, viviendo en un sueño que es una mentira, que pagamos con desdicha, sufrimiento y sacrificio. No lo olvidemos, para así nunca más volver atrás.

(su) realidad fermentada Es un espacio que busca disputar la hegemonía cultural e informativa que deriva del capitalismo patriarcal colonialista.

Arriba